Si algo trajo la decadencia de la convivencia familiar, fue que sus ojos se asomaron al planeta de una manera diferente. De la misma manera que hacía su madre, empezó a hacer alardes de riqueza. Vestía ropas de las más caras, alardeaba del móvil más novedoso, de la última consola, del último diseño de botas de deporte…Aunque no era exageradamente insolente, si agradaba de hacer saber a sus amistades y conocidos a qué nivel de la escala social pertenecía. Era amigo de sus amigos y contrincante jurado de los que le gastaban una putada. Era rencoroso, vengativo y, sobre todo, muy envidioso. Envidiaba a todos y cada uno de los que tenían aquellas cosas que el dinero no podía adquirir.

Entonces estaba su escasa afición al género femenino, por el que no sentía una singular atención. Hasta la data no se le conocía ninguna novia, no es que le faltasen ocasiones, no solo era agradable y bastante guapo. El chico tenía un cuerpo escultural fruto de los adiestramientos del equipo de rugby o bien de las pequeñas tundas que se pegaba corriendo cada mañana ya antes de ir al instituto. Metro noventa de fibra y musculo era algo al que pocas chicas se pudiese resistir. Él acostumbraba a entregar largas la mayor parte de las veces y si salía con alguna era por socializar más que por deseo. Aquella inaccesibilidad lo hacía todavía más deseable.

Al joven lo que verdaderamente le agradaban eran las pollas. Lo tuvo claro desde el primero de los días que se hizo un pajote viendo una película porno, su mirada no se deslizaba por las redondeces, las turgencias y las curvas de la muchacha, sus ojos se clavaban en el pectoral, en el trasero y, sobre todo, en el gran falo del actor. Si bien se afirmaba que no era marica, en su imaginación se vio chupando aquella verga y alcanzó un solitario clímax con esa escena en su psique.

De soñar pasó a experimentarlo con alguno de sus compañeros de clase. Una paja mutua no lo hacía de la cera de en frente y al otro chaval le convenía tener la boca tan cerrada como la de él. El próximo avance en su camino cara la homosexualidad lo dio con Oscar, el capitán del equipo de Rugby. El chaval le agradaba bastante, si bien Arturo se lo negase a sí mismo, prueba de ello eran las numerosas miradas furtivas que más de una vez había dirigido a su entrepierna cuando se quitaba los pantalones de deporte y es que aquella alargada protuberancia que lucía el atrayente jugador, le complacía más de lo que agradaría reconocer.

Un día siguiente de un partido, lo engatusó para tomarse varias copas en un local que tenía su padre en las proximidades del polideportivo. Para alguien como Oscar, que no habituaba a tomar, 4 wiskis fueron suficiente para perder el control y caer en un estado soñoliento. Arturo, del mismo modo que las putas de los clubes, había cargado a posta en menor medida sus cubatas, con lo que, al final de la noche, logró estar bastante más fresco que su acompañante.

Aprovechándose de la buena papa que llevaba su colega y de que se había quedado dormido en el sofá, se las inventó para sacarle la polla fuera de sus pantalones. Una sensación de alborozo lo embargo, lo que hacía era tan inadecuado como prohibido, la simple posibilidad de que Oscar se despertase y lo descubriera cara que se excitase más, si bien no por esta razón el pavor dejó de atenazar su pecho a lo largo de todo el rato.

Tocó la fláccida verga y el corazón le latió tanto que pareciese que se le fuera a salir del pecho. Hizo un amago de masturbarlo mas aquello no se enderezaba ni a la de 3. Finalmente, sin dejar de revisar que su capitán proseguía sumido en un plácido sueño, acerco su nariz al rosáceo balano. Un imprégnate fragancia, mezcla de jabón y de orín, empapó su olfato, a pesar de que no era un aroma agradable, su curiosidad por probar el sabor del sexo masculino le pudo más y se la metió entre los labios.

Solo unos segundos fue los que tuvo valor para retener la desgastada masculinidad de Oscar en su boca. Unos segundos que le bastaron para aclarar sus dudas sobre si le agradaban los tíos o bien no, puesto que fue empezar a chupetear la dormida verga y sintió como la bestia de su entrepierna vibraba como jamás ya antes lo había hecho.

Por miedo a que su ebrio acompañante abandonase los brazos de Morfeo, o bien pues ya había logrado su objetivo o bien por las dos cosas al unísono. Volvió a meter el pájaro en la jaula y rezó pues el atrayente, mas salvaje jugador, no se hubiese percatado de nada de lo ocurrido.

Tras aquel día, probablemente por el hecho de que Oscar no había colmado sus esperanzas, comenzó a buscar alguien a quien pegarle una buena felación de polla. De todos y cada uno de los miembros de su equipo solo 2 parecían cumplir los requisitos para ello: Manuel y Guillermo. Tras pensárselo un tanto descartó a los dos. Al primero pues, pese al enorme rabo que se gastaba, lo veía prácticamente tan salvaje o bien más que a Oscar; al segundo pues aunque se gastaba una buena tranca y tenía un buen físico, lo veía demasiado crio. Inútil de sostener la lujuria atada en corto, no pudo eludir espiar ocultamente al adiestrador, quien si cumplía de largo todos y cada uno de los requisitos que el ansiaba de un hombre.

Sabía que estaba casado aunque le gustara el porno gay, mas eso no le importaba, puesto que lo prohibido lo transformaba en una fruta más exquisita El chico comenzó a coquetear con él sin saber cuál podía ser el auténtico alcance de sus actos. Hasta el momento en que no fue descubierto, obligado a mamarle la polla y sacarle toda la leche, no fue coherente de todos los perjuicios sociales que estaba infringiendo. 

Asegurarse de que, como sospechaba, no solamente le agradaba chupetear una verga, sino le agradaba devorar el jugo que manaba, fue un descubrimiento para él. Un descubrimiento que no le sorprendió y lo admitió en lo posible. Más que pavor frente a lo que le pudiese deparar el futuro, el chaval temía no continuar siendo admitido, con lo que, tal y como le ordenó su adiestrador, no comentó aquello ni con el mejor de sus amigos.

El próximo sábado, como en el precedente, el adiestrador puso los castigos pertinentes a las faltas. Esta vez en lugar de ensañarse sobre Arturo, lo hizo sobre otros jugadores con lo que pese a que el chico hizo múltiples “avants” y dos “off-side”, superaron en bastantes su número de infracciones. Con lo que se pudo marchar ya antes que ciertos de sus compañeros gays, quienes se vieron castigados a entregar un número notable de vueltas más al campo que .

Mientras que se cambiaba de ropa, el desconcierto se apoderó del joven jugador, a pesar de que la ingenuidad no era una de sus particularidades, se había hecho ilusiones con que tras aquel adiestramiento sucedería algo similar a lo de la semana precedente y pudiese regresar a mamar el gigante cipote de Javier. Cosa que por el curso de los sucesos, daba la sensación de que no iba a acontecer.

Javier había estado muy distante a lo largo de la semana, había eludido por todos y cada uno de los medios charlar con él, sin embargo, en su soberbia juvenil Arturo estaba seguro de saber lo que le pasaba: no es que estuviese arrepentido o bien no tuviese ganas de que le volviese a comer su obscuro pollón, lo que sucedía es que el adiestrador temía que no supiese guardar el secreto y lo metiese en un embrollo con su familia.

Si algo no aguantaba es que el resto supusieran cosas sobre él. “¿Exactamente en qué instante había probado ser un chivato?”, pesó bastante obsesionado. Aquella falta de confianza le indignó y si bien sabía que enfrentarse a él le podía valer su puesto en el equipo, decidió aguardar por los aledaños a que se fueran el resto de sus compañeros para cantarle las cuarenta.

El último en desamparar las instalaciones fue Luis. Una vez esperó el tiempo prudencial retornó sus pasos cara los vestuarios. Al entrar en las instalaciones, y para su sorpresa, se halló a Javier sentado en un banco, cachas desnudo y con las piernas abiertas, mostrando con atrevo su largo rabo. Tuvo la impresión de que aguardaba a alguien. Al verlo, se levantó de un respingo, sonrió bajo el labio y dijo:

—¡Menos mal, pensé que no venías! ¡Cierra la puerta, quítate la ropa y ven a bañarte conmigo!

La naturalidad y velocidad con la que Javier pronunció cada una de las ordenes, rompió por completo los planteamientos que el muchacho traía en psique y se quedó sin saber, ni que decir.

—¡Tío, a qué esperas! ¡Ve y cierra la puerta! —Le apremió el adiestrador chocando suavemente las palmas de sus manos.

El jugador obedeció todas de sus peticiones: cerró la puerta, se desvistió y se metió en exactamente el mismo plato para la ducha que . La emoción del instante era tan fuerte que ni se percató que tenía una erección en toda regla.

Solamente se posicionó al lado de su adiestrador, lo apretó con fuerza entre sus brazos. El chaval medía unos diez centímetros más que el robusto individuo y, como , era un amasijo de músculos. Incluso de esta manera aquel cariñoso ademán por la parte de su acompañante favoreció que Arturo se sintiese pequeño, tan pequeño como su dominio de la situación.

Al primer abrazo prosiguió un apasionado beso, el primero de aquella clase que recibían los labios de un muchacho. Sonrojado por su inexperiencia, cedió frente a la furiosa lengua que se metía entre sus dientes y dejo que esta hiciese su completa voluntad.

Si a lo largo de aquellos días había ponderado medianamente si rendirse o bien no a su recién descubierta condición sexual como los transexuales, fue sentir el fuego de aquel hombre en su cavidad bucal y tuvo claro que, si bien no fuese lo que se esperase de él, estar con personas de su sexo le agradaba más que comer con los dedos.

Javier enjabonó cada palmo de su piel, para después invitarlo a hacer lo mismo con él. En su primer encuentro, la única una parte de su anatomía que el chaval logró tocar fue su polla, sus bolas y ligeramente el trasero. Tenía la ocasión de tocar cada pliegue de aquel robusto cuerpo que se le antojaba prácticamente perfecto.

Cubrió de espuma sus bíceps, sus hombros, su pectoral, su abdomen, sus nalgas, sus piernas… La medida con la que lavaba cada una parte de su fisionomía nutría el ego del madurito, que en un instante determinado, y en un alarde de vanidad, contrajo su cuerpo para endurecer más sus músculos. Aquel ademán agradó bastante al muchacho, quien seducido por sus encantos, se inclinó ante él y tras besarle de forma delicada los dos muslos, se dispuso a meterse el vibrante falo en la boca, mas, imprevisiblemente, Javier se separó sutilmente y se lo impidió.

Cuando se disponía a cuestionar aquel ademán por la parte de su eventual amante, una repentina cortina de agua lo envolvió a los dos y acabó enmudeciendo cualquier contesta. Tras quitarse el jabón que cubría su cuerpo, el adiestrador salió de la ducha y también invitó al chico a que hiciese lo mismo.

Nuevamente la confusión se apoderó del comprensión del adolescente “¿Quizás no le moló de qué manera le comí la polla?”, se preguntó ingenuamente.